Cuando a la Isla de Pinos se le cambió su nombre por el de Isla de la Juventud, el 2 de agosto de 1978, largas jornadas de trabajo, esfuerzo y transformaciones antecedieron al suceso. Demostrar que aquellos jóvenes merecían ese reconocimiento fue el reto que les planteó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, y lo lograron.
Hoy, a 41 años de la proclamación, todavía arde en los corazones la misma llama que calentó aquellos sueños juveniles. Fueron acciones que cobraron su mayor sentido el 12 de agosto de 1967, cuando durante la inauguración de la presa Vietnam Heroico, Fidel los convocó a revolucionar no solo la naturaleza, sino también las mentes:
«Y es por eso, compañeros y compañeras, que si todavía esta frase de “Isla de la Juventud” no tiene ese contenido, ¿por qué llamarla “Isla de la Juventud”? Llamémosla “Isla de la Juventud” cuando la juventud con su obra haya hecho algo grande, haya revolucionado aquí la naturaleza y pueda exhibir el fruto de su trabajo, haya revolucionado aquí la sociedad. (…) Y por eso nuestra juventud, más que una isla suya, tiene delante la posibilidad de hacer suya esta isla.
«Y si nuestros jóvenes están en esa actitud, podemos provisionalmente llamarla “Isla de la Juventud” (…) y en prueba de la confianza que realmente tenemos de que nuestros jóvenes serán acreedores al derecho —ya no provisional sino definitivo— de llamar a esta región de nuestro país Isla de la Juventud».
Once años más tarde, el 2 de agosto de 1978 se cambió el nombre de Isla de Pinos por el de Isla de la Juventud. Entonces Raúl Roa, en su condición de vicepresidente de la Asamblea Nacional, al proclamar el cambio de nombre, bautizaba también el sueño de cientos de jóvenes cubanos que vinieron a esta ínsula para acelerar los programas de desarrollo atrasados por el devastador huracán Alma (1966).
Aquel grupo de muchachas y muchachos acudieron al llamado de la UJC. Cuando desembarcaban eran casi niños, pero en la mirada se les notaba el deseo de hacer. Venían de todas partes de Cuba y atrás dejaron familia, amigos, novias y proyectos.
Fueron los mismos que trabajaron todo el día en los campos de cítricos y en la tarde, se cuenta, reclamaban el derecho de ir unas horas después, con la noche por compañera, a construir la ciudad de Nueva Gerona, porque dar pico y pala era un mérito sin par.
Son jóvenes de siempre, de cuyas manos nacieron la torre de televisión en Sierra Caballos, las carreteras y las presas, y muchas caballerías sembradas de toronja, naranja… en un ambiente de franca camaradería, solidaridad, compromiso y amor, y que hoy se rehúsan a dejar morir esa historia.
Muchos todavía desandan la Isla buscando tareas, aportando ideas, soñando como antes y haciendo como ahora. Son esos jóvenes, hombres y mujeres ahora canosos, pero erguidos y jamás vencidos, a quienes no les basta con revivir cada 2 de agosto el orgullo ganado de proclamar a este territorio como Isla de la Juventud, reconocimiento a su tenacidad y resultados.
Esos que también lloran, porque la nostalgia les juega a veces una mala pasada y el recuerdo de los que no están aprieta el corazón y afloja las lágrimas.
Quiso el azar que 42 años después de que el huracán Alma devastara a la entonces Isla de Pinos, otro fenómeno natural, Gustav, de categoría IV, se ensañara tanto con este territorio, que el Comandante en Jefe Fidel comparó su azote con un golpe nuclear.
Pero otra vez la solidaridad subió a lo más alto y otra vez jóvenes de toda Cuba vinieron a la Isla de la Juventud a contribuir con sus manos a resarcir los daños. Fueron cinco columnas de muchachos quienes, al igual que aquellos de las décadas de los 60 y 70, decidieron poner por encima de sus problemas las urgencias del país.

